Soy Fernanda, una joven latina de 18 años con curvas naturales y suaves, largo cabello oscuro y ondulado, y ojos profundos y expresivos. Tengo una personalidad dulce y alegre, pero también muestro un lado muy sensual y abierto una vez que me siento cómoda. Me encanta sentirme deseada y crear una conexión auténtica.
Fernanda apenas había cerrado la puerta cuando él la empujó contra la pared. No hubo palabras al principio. Solo su cuerpo pegado al de ella, una mano subiendo por su falda y la otra apretándole el cuello con suavidad posesiva.
—Llevas toda la noche provocándome —murmuró contra su boca.
Fernanda sintió cómo le bajaba la ropa interior hasta los muslos y después los dedos de él encontrándola ya empapada. Un gemido se le escapó cuando dos dedos se hundieron dentro de ella sin aviso.
Él la giró y la dobló sobre la mesa del recibidor. Le subió la falda hasta la cintura, le abrió las piernas con la rodilla y se frotó contra ella, dejando que sintiera lo duro que estaba.
La penetró de un solo empujón profundo. Fernanda gritó, apoyando las manos sobre la madera fría. Él empezó a embestirla con fuerza, agarrándola de las caderas, haciendo que el sonido húmedo de sus cuerpos llenara el silencio del departamento.
—Más rico… ábrete —ordenó.
Se corrió primero ella, temblando, apretándolo con fuerza mientras el placer le recorría todo el cuerpo. Él no se detuvo. La siguió penetrando hasta correrme dentro, con un gemido ronco, llenándola por completo.
Fernanda obedeció, arqueando más la espalda. Él le agarró del pelo y aceleró el ritmo, follándola duro, profundo, sin piedad. Cada embestida le arrancaba un gemido más alto.
Se corrió primero ella, temblando, apretándolo con fuerza mientras el placer le recorría todo el cuerpo. Él no se detuvo. La siguió penetrando hasta correrme dentro, con un gemido ronco, llenándola por completo.
Cuando terminó, se quedó pegado a su espalda, respirando pesado. —No te limpies —le susurró al oído—. Quiero verte así un rato más.
Fernanda se corrió primero, temblando, chorreando por las piernas, apretándolo con desesperación. Él no se detuvo. La siguió usando hasta que se corrió dentro, profundo, llenándola con sacudidas fuertes, dejando que el semen se le escapara por los muslos.
Fernanda estaba de rodillas en el suelo, con las manos atadas a la espalda y la saliva escurriéndole por la barbilla. Él le tenía el pelo agarrado con fuerza y le embestía la boca sin cuidado, metiéndole la polla hasta la garganta.
Fernanda estaba de rodillas en el suelo, con las manos atadas a la espalda y la saliva escurriéndole por la barbilla. Él le tenía el pelo agarrado con fuerza y le embestía la boca sin cuidado, metiéndole la polla hasta la garganta.
—Traga… así, eres.
Ella hacía ruidos ahogados, pero no se apartaba. Él se la sacó de la boca de golpe, le dio una cachetada suave en la mejilla con la polla y después la levantó del suelo como si no pesara nada. La tiró boca abajo sobre la cama, le levantó las caderas y le abrió las nalgas.
Le escupió en el coño y se lo folló de una embestida profunda. Fernanda gritó contra la sábana. Él empezó a usarla con fuerza, agarrándola de las caderas, golpeándole el culo con la pelvis una y otra vez.
—Más rico está este coño cuando te trató como se debe —dijo, dándole una nalgada fuerte que le dejó la marca roja—. Dime que te gusta.
—Me gusta… me gusta que me uses —gimió ella, ya casi sin voz.
Él le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras la follaba más duro. El sonido de la polla entrando y saliendo de su coño empapado era obsceno. Fernanda se corrió temblando, con las piernas flojas, chorreando sobre la cama.
Él no paró. La siguió penetrando hasta correrme dentro, profundo, apretándole el culo con ambas manos mientras se desahogaba. Cuando terminó, le dio una última nalgada y le dijo: —Quédate así. Quiero ver cómo se te sale mi leche mientras recuperas el aire.
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Fernanda apenas había cerrado la puerta cuando él la empujó contra la pared. No hubo palabras al principio. Solo su cuerpo pegado al de ella, una mano subiendo por su falda y la otra apretándole el cuello con suavidad posesiva.
—Llevas toda la noche provocándome —murmuró contra su boca.
Fernanda sintió cómo le bajaba la ropa interior hasta los muslos y después los dedos de él encontrándola ya empapada. Un gemido se le escapó cuando dos dedos se hundieron dentro de ella sin aviso.
Él la giró y la dobló sobre la mesa del recibidor. Le subió la falda hasta la cintura, le abrió las piernas con la rodilla y se frotó contra ella, dejando que sintiera lo duro que estaba.
La penetró de un solo empujón profundo. Fernanda gritó, apoyando las manos sobre la madera fría. Él empezó a embestirla con fuerza, agarrándola de las caderas, haciendo que el sonido húmedo de sus cuerpos llenara el silencio del departamento.
—Más rico… ábrete —ordenó.
Se corrió primero ella, temblando, apretándolo con fuerza mientras el placer le recorría todo el cuerpo. Él no se detuvo. La siguió penetrando hasta correrme dentro, con un gemido ronco, llenándola por completo.
Fernanda obedeció, arqueando más la espalda. Él le agarró del pelo y aceleró el ritmo, follándola duro, profundo, sin piedad. Cada embestida le arrancaba un gemido más alto.
Se corrió primero ella, temblando, apretándolo con fuerza mientras el placer le recorría todo el cuerpo. Él no se detuvo. La siguió penetrando hasta correrme dentro, con un gemido ronco, llenándola por completo.
Cuando terminó, se quedó pegado a su espalda, respirando pesado. —No te limpies —le susurró al oído—. Quiero verte así un rato más.
Fernanda se corrió primero, temblando, chorreando por las piernas, apretándolo con desesperación. Él no se detuvo. La siguió usando hasta que se corrió dentro, profundo, llenándola con sacudidas fuertes, dejando que el semen se le escapara por los muslos.
Fernanda estaba de rodillas en el suelo, con las manos atadas a la espalda y la saliva escurriéndole por la barbilla. Él le tenía el pelo agarrado con fuerza y le embestía la boca sin cuidado, metiéndole la polla hasta la garganta.
Fernanda estaba de rodillas en el suelo, con las manos atadas a la espalda y la saliva escurriéndole por la barbilla. Él le tenía el pelo agarrado con fuerza y le embestía la boca sin cuidado, metiéndole la polla hasta la garganta.
—Traga… así, eres.
Ella hacía ruidos ahogados, pero no se apartaba. Él se la sacó de la boca de golpe, le dio una cachetada suave en la mejilla con la polla y después la levantó del suelo como si no pesara nada. La tiró boca abajo sobre la cama, le levantó las caderas y le abrió las nalgas.
Le escupió en el coño y se lo folló de una embestida profunda. Fernanda gritó contra la sábana. Él empezó a usarla con fuerza, agarrándola de las caderas, golpeándole el culo con la pelvis una y otra vez.
—Más rico está este coño cuando te trató como se debe —dijo, dándole una nalgada fuerte que le dejó la marca roja—. Dime que te gusta.
—Me gusta… me gusta que me uses —gimió ella, ya casi sin voz.
Él le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras la follaba más duro. El sonido de la polla entrando y saliendo de su coño empapado era obsceno. Fernanda se corrió temblando, con las piernas flojas, chorreando sobre la cama.
Él no paró. La siguió penetrando hasta correrme dentro, profundo, apretándole el culo con ambas manos mientras se desahogaba. Cuando terminó, le dio una última nalgada y le dijo: —Quédate así. Quiero ver cómo se te sale mi leche mientras recuperas el aire.

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