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VioletaWhitee
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VioletaWhitee

Mujeres - 40 años
Edad40 años
Talla157 cm - 62 in
Peso52 kg - 115 lbs
Color de cabelloCabellos negros
Largo de cabelloCorto
Color de los ojosNegros
Medidas86-94-109 cm - 34-37-43 in
BustoTetas Medianas
Preferencia sexualme gustan las personas que saben lo que quieren y pelean por ello hasta conseguirlo
sexoMujer
Apariencia del sexoAfeitadas
Tipo de cuerpoNormal
Grupo étnicoLatina
Lo que me excitaMe excitan los hombres que saben tratar a una mujer, me excita cuando les agrada lo que hago por ustedes, me excitan los regalos y los detalles inesperados, me excita cuando me follan muy fuerte y luego me tratan como su reina.
No me excitaque intenten mandarme y tratarme a los golpes, soy alguien de valor y quiero que me traten como tal
Posición preferidame gustan varias posiciones pero definitivamente mi favorita es encima de ti, donde yo tenga el poder, eso me excita poder controlarte y volverte mío
Idioma(s) hablado(s)FrancésInglésItaliano
FantasíasMi fantasía más traviesa es tener 3 sumisos en mi poder al mismo tiempo, así que puedo hacer con ellos lo que quiero

Chat en vivo y webcam sexy de VioletaWhitee

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Los últimos comentarios en los shows privados de VioletaWhitee

bze546
04/03/25 22:08
Increíble.
tuyor87
28/02/25 20:26
Increíble.

Horario de presencia online VioletaWhitee

VioletaWhitee aún no ha completado su horario de presencia en línea

VioletaWhitee no está en línea desde hace un cierto tiempo y no podemos proponer un planning de presencia fiable.

El murmullo del mar es el telón de fondo mientras camino por la orilla, mis pies descalzos dejando huellas en la arena caliente. La brisa suave acaricia mi piel, y me siento viva, llena de energía. Llevo un vestido ligero que se mueve con el viento, revelando sutilmente mis curvas al pasar. Cada paso es un recordatorio de que la vida es un juego, y esta noche estoy decidida a jugar. De repente, lo veo: sentado en una mesa de un chiringuito, disfrutando de un cóctel. Sus ojos se posan en mí, y hay algo magnético en su mirada, un desafío implícito que me hace sonreír. Decido acercarme, con un aire de confianza que me hace sentir invencible. La música suave que se escapa del local se mezcla con el sonido de las olas, creando una atmósfera perfecta. "¿Te gustaría compartir este atardecer?", le pregunto, mis labios curvándose en una sonrisa coqueta. La luz dorada del sol resalta mis rasgos, y puedo ver cómo su mirada se intensifica. Me invita a sentarme, y pronto estamos hablando como si nos conociéramos de toda la vida. Su voz es profunda, y me encanta cómo me mira, como si quisiera descubrir cada secreto que guardo. La conversación fluye, y entre risas, 

puedo sentir la química entre nosotros. Hablo de mis viajes, de las aventuras que he vivido, y él comparte sus propias historias, cada anécdota provocando un brillo en sus ojos. Hay un juego sutil en nuestras palabras, un coqueteo que se siente natural, como si hubiéramos estado esperando este momento. Con cada sorbo de mi bebida, la tensión crece. Cada roce accidental de nuestras manos es una chispa, cada mirada, una promesa. El ambiente está cargado de posibilidades, y el sol comienza a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosas. Siento el impulso de acercarme un poco más. Me inclino hacia él, dejando que la cercanía hable por mí. La calidez de su cuerpo es embriagadora, y el aire entre nosotros se vuelve denso, lleno de expectativa. Me cuenta sobre sus sueños y ambiciones, y en cada palabra, puedo ver la pasión que lo mueve. Hay algo en su mirada que me atrapa, un deseo que se siente inminente. "¿Quieres dar un paseo por la playa?", le sugiero, mis ojos brillando con una mezcla de travesura y interés. Acepta, y juntos nos levantamos, dejando atrás la mesa y el mundo que nos rodea. Caminamos por la orilla, las olas acariciando nuestros pies, y la luna comienza a asomarse, iluminando el camino que llevamos. Cada paso que damos está lleno de complicidad. Nos detenemos a contemplar el horizonte, y en ese instante, el silencio se siente lleno de promesas. Me vuelvo hacia él, y en sus ojos veo un destello de deseo. Sin pensarlo, me acerco un poco más, permitiendo que el momento se cargue de magia. Y así, en la tranquilidad de la noche, me inclino hacia él, dejando que nuestros labios se encuentren en un roce suave, un beso que enciende todo lo que hemos sentido. En ese instante, el mundo se detiene, y solo existimos nosotros, atrapados en una danza de deseo y conexión.

 

 

 

Era una tarde tranquila, la luz cálida del sol se filtraba a través de la ventana, pintando sombras suaves sobre el suelo. Me encontraba sola en la habitación, pero había algo en el aire, una energía que no se podía ignorar. No sabía bien cómo, pero sentía que no estaba realmente sola. El silencio era casi palpable, como si la habitación estuviera esperando algo. Me levanté de la silla y me dirigí hacia la ventana. Mis dedos rozaron el cristal frío, mientras mis ojos se perdían en la vista del horizonte. Las luces del atardecer teñían el cielo de tonos cálidos, pero mi mente no estaba allí, sino en un lugar mucho más cercano, en algo mucho más intrigante. De repente, un escalofrío recorrió mi espalda. Sabía que estabas cerca, que me observabas, aunque no te viera. La tensión era palpable, esa curiosa mezcla de expectativa y deseo contenida. Sin decir una palabra, decidí jugar un poco. Me giré lentamente, disfrutando de la sensación de tu mirada sobre mí. Te imaginaba observando cada uno de mis movimientos, incluso los más pequeños, como si todo tuviera un propósito. Me acerqué a la mesa, dejando que mi cuerpo se deslizara con una suavidad casi exagerada, mis manos tocando la superficie de madera con delicadeza. Cada gesto era una invitación. No dije nada, pero la sonrisa en mis labios era más que suficiente para que supieras que lo sabía. Sabía que querías algo, que algo entre nosotros se había encendido en ese preciso momento, aunque ninguno de los dos lo hubiera mencionado aún. El silencio entre nosotros crecía, pero era un silencio cargado de significado. Mis dedos recorrieron la superficie de la mesa lentamente, como si el tiempo se alargara y cada segundo durara más de lo que debía. Sentía tus ojos en mí, me provocaba esa sensación de ser deseada, aunque sin una palabra, sin una acción explícita. Era solo esa tensión, esa electricidad en el aire, que me hacía sonreír de forma sutil, con un toque de misterio. Me giré otra vez, pero esta vez lo hice con más calma, dejando que mi mirada se encontrara con la tuya, solo por un momento. Fue breve, como si ambos supiéramos que no hacía falta decir nada. La conexión estaba ahí, flotando entre nosotros. Podía sentir tu respiración más cerca, aunque no lo estaba, y eso solo incrementaba la atracción. Todo lo que quería era seguir jugando con esa incertidumbre, alargar el instante, hacer que todo se sintiera más intenso de lo que ya era. La habitación parecía haberse detenido por completo. Todo lo que existía en ese momento era el juego entre nosotros, la tensión creciente que nos rodeaba. Y aunque no había necesidad de palabras, los pequeños gestos lo decían todo: el leve roce de mis dedos en el borde de la mesa, mi sonrisa que se alargaba con un toque de complicidad, la forma en que mi cuerpo se movía, cada movimiento calculado para hacer que desearas más.

 

 

 

Decidí asistir a una fiesta en un rooftop, el aire fresco de la noche me envolvía mientras subía las escaleras. Las luces parpadeantes y la música vibrante creaban una atmósfera electrizante. Al entrar, la energía del lugar me llenó de entusiasmo. Me serví una copa y 

me acomodé en un rincón, disfrutando de la vista de la ciudad iluminada. Mientras observaba a la gente bailar, sentí una mirada que me hizo girar. Nuestros ojos se encontraron, y una sonrisa juguetona apareció en mi rostro. Sin pensarlo, caminé hacia él, sintiendo cómo cada paso aumentaba la tensión en el aire. “Hola, parece que estás disfrutando de la fiesta,” le dije, dejando que la curiosidad y la confianza guiaran mis palabras. La forma en que me miró hizo que mi corazón latiera más rápido. Nos sumergimos en una conversación llena de risas, cada palabra parecía cargar el aire de expectación. Su voz era suave, y la forma en que se inclinaba hacia mí me hacía sentir especial. Con cada gesto, la química entre nosotros se intensificaba. Decidí acercarme un poco más, sintiendo la cercanía y el calor que emanaba de él. “¿Te gustaría bailar?” le pregunté, sabiendo que la respuesta sería afirmativa. La música envolvía el ambiente mientras nos movíamos al ritmo, y no podía evitar perderme en el momento. Nuestros cuerpos se acercaban, la conexión era palpable. Me dejé llevar, sintiendo cómo la música nos unía, y cada movimiento se sentía como una invitación. Sus ojos no se apartaban de los míos, llenos de complicidad y deseo. Cuando la canción terminó, me acerqué aún más, sintiendo su aliento cerca de mi piel. “Esta noche es mágica, ¿verdad?” murmuré, mientras una sonrisa traviesa iluminaba mi rostro. La tensión creció, y en un instante, el mundo se desvaneció a nuestro alrededor.

 

 

 

Era una noche mágica en la ciudad, y las luces brillaban como estrellas en la tierra. Caminaba por las calles empedradas, disfrutando del suave murmullo de la gente y el aroma de la comida callejera que impregnaba el aire. Había algo en la atmósfera que me llenaba de energía, una promesa de aventura. Decidí entrar en una galería de arte, donde las pinturas vibrantes colgaban de las paredes. Mientras exploraba, un cuadro en particular capturó mi atención. Era una obra abstracta, llena de colores intensos y formas intrigantes. Justo cuando me acercaba, sentí su presencia: un hombre alto, de cabello desordenado y una sonrisa encantadora. "¿Te gusta?" preguntó, acercándose con curiosidad. Nuestras miradas se encontraron, y en ese instante, supe que había algo especial entre nosotros. Comenzamos a hablar sobre el arte, cada palabra fluyendo con una chispa de complicidad. Su pasión por la pintura era contagiosa, y me encontré queriendo saber más. Mientras la noche avanzaba, nos movimos a un rincón más privado de la galería, rodeados de obras que parecían cobrar vida a nuestro alrededor. La conversación se tornó más personal, y la atmósfera se llenó de una tensión palpable. Sin pensarlo, me acerqué un poco más, sintiendo la calidez de su cuerpo. De repente, el mundo se desvaneció, y nuestras bocas se encontraron en un beso suave y electrizante. La mezcla de arte, música y la cercanía de nuestros cuerpos crearon un instante que se sentía eterno. En ese rincón de la galería, rodeados de obras de arte, comenzamos a crear nuestra propia obra maestra: una conexión que prometía ser inolvidable.

 

 

El aire de la tarde me acaricia la piel mientras camino lentamente por la calle, el sonido de mis pasos se mezcla con el murmullo distante de la ciudad. Hay algo en la manera en que el sol se oculta detrás de los edificios que me hace sentir una ligera inquietud, una anticipación de lo que está por venir. Cada día, al llegar este momento, me siento más viva, como si algo estuviera a punto de suceder. Hoy, como en tantas otras veces, me encuentro tomando un desvío, alejándome de la rutina habitual. No sé bien qué me atrae de este sendero, pero es un lugar donde las horas parecen perder su peso. La brisa juega con mi cabello, haciendo que algunas hebras caigan suavemente sobre mi rostro. Hay algo en el aire que se siente diferente, más cercano, y siento como si el mundo a mi alrededor estuviera esperando, a la espera de una chispa, de un movimiento. Mis pasos se aceleran. La sensación crece, como si una corriente eléctrica recorriera mis venas. No es miedo, ni ansiedad; es la fascinación de un momento que solo se vive al entregarse por completo al presente, sin preocupaciones. El tiempo se diluye, las distancias se acortan. Cada pensamiento se va dejando llevar por la urgencia del momento. Mi cuerpo sabe lo que necesita hacer, y mis manos tiemblan un poco, como si anticiparan lo que se viene. Finalmente, llego a ese lugar. No necesito buscar, sé que ahí está, que es exactamente lo que necesito. No hay palabras, no hay gestos complejos. Todo fluye con una naturalidad que me sorprende. Mi respiración se vuelve más profunda, mi piel se enciende. Es un instante, pero es también una eternidad. Al final, lo único que importa es cómo el mundo se desvanece a mi alrededor, y lo único que queda soy yo, completamente sumida en lo que soy, lo que quiero, lo que deseo. Sin más, sin menos.

 

 

 

La luz suave de la tarde entra por la ventana, acariciando mi piel con su calidez. Me apoyo en el marco, dejando que el silencio de la habitación me rodee, mientras observo el reflejo de mi cuerpo en el vidrio. La imagen parece casi etérea, como si flotara en el aire. Mi respiración se vuelve más profunda, como si algo en mi interior estuviera despertando lentamente, un susurro en la piel que me invita a no apresurarme. Me inclino un poco más hacia la ventana, sintiendo cómo mi ropa, ligera y delicada, se ajusta a mi figura. Cada movimiento tiene una suavidad que me resulta agradable, casi tentadora. Mis dedos acarician la tela, disfrutando de la textura que se desliza entre mis manos. El sol comienza a caer lentamente, y los tonos dorados se mezclan con el azul del cielo, creando una atmósfera única, cargada de misterio. Todo se siente diferente, como si cada segundo estuviera lleno de posibilidades. Me pierdo un momento en la sensación de estar completamente presente, en la calma y la tensión que se mezclan. Es entonces cuando cierro los ojos por un instante, permitiendo que el silencio se convierta en un susurro suave. Mis labios se curvan ligeramente, como si alguna idea divertida o traviesa estuviera tomando forma en mi mente. No hay prisa, todo está perfectamente en su lugar. La noche se acerca, y con ella, la promesa de algo más.

 

 

La brisa suave acaricia mi piel mientras me siento en el borde de la terraza, la ciudad iluminada se extiende ante mí. Con una copa de vino tinto en la mano, disfruto del momento, dejando que el sabor afrutado se derrita en mi boca. Mis pensamientos vagan, y una sonrisa traviesa se dibuja en mis labios. De repente, mi mente se detiene en un recuerdo: esa mirada intensa que me hizo sentir como si el tiempo se detuviera. Su presencia, tan magnética, me hacía temblar. Recordar el roce de su mano contra la mía me provoca un escalofrío que recorre mi cuerpo. Cierro los ojos y me dejo llevar, imaginando lo que podría haber sido. Pienso en los susurros que compartimos, en la tensión que se acumulaba entre nosotros, como un hilo invisible que nos unía. Cada palabra, cada risa, era un juego; cada mirada, una invitación a acercarnos más. Me imagino la calidez de su cuerpo junto al mío, el roce de sus labios apenas rozando mi piel. La noche avanza y el vino se convierte en mi confidente. Dejo que la música suave que suena de fondo me envuelva. Cada nota parece marcar el ritmo de mi corazón, pulsando con la promesa de lo que podría ser. La anticipación crece, y me encuentro sonriendo de nuevo, atrapada en esta danza de deseo y complicidad. En mi mente, el momento se alarga. Imagino sus manos explorando cada curva, cada rincón de mi ser, mientras me pierdo en un mar de sensaciones. Quiero que sepa lo que siento, que cada mirada furtiva, cada toque ligero, es un secreto compartido entre nosotros. La luna llena se asoma, iluminando la noche con su luz plateada, y me doy cuenta de que, a veces, el deseo más profundo se encuentra en los momentos más sutiles. Todo lo que necesito es un pequeño empujón, una chispa que encienda la llama. Decido que no esperaré más. Me levanto de la terraza, dejando atrás el vino y la noche. Con una sonrisa coqueta en los labios, me dirijo hacia donde la aventura me espera, dispuesta a vivir ese instante que he estado soñando.

 

 

Esa noche estaba distinta. El aire, algo fresco, me acariciaba la piel mientras caminaba por la ciudad. La luz tenue de las farolas proyectaba sombras suaves en el suelo y, entre las calles solitarias, sentía cómo mis pasos resonaban, marcando el ritmo de una historia que solo yo estaba viviendo. Me gustaba ese silencio que lo envolvía todo, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para observarme. Poco a poco, me fui acercando al lugar. El restaurante estaba lleno de murmullos bajos, pero yo solo tenía ojos para el interior. Sentí la expectativa en mi piel, esa mezcla entre nervios y emoción. Mi respiración, lenta, se acompañaba de cada uno de mis movimientos. Sabía lo que buscaba. Sabía lo que quería. Entré, y el calor del ambiente me envolvió de inmediato. El lugar estaba lleno de luces suaves, el aroma a comida y vino flotaba en el aire. Mis dedos se deslizaron por la copa de vino mientras pensaba en el contraste entre la suavidad del cristal y la textura de mi piel. Cada trago, cada mirada, me iba sumergiendo más en ese juego, un juego de miradas y sonrisas furtivas, donde las palabras no eran necesarias, solo el roce de una mirada. El resto del mundo parecía desvanecerse en ese instante, como si solo existiéramos nosotros en el espacio. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, era como si el tiempo se alargara, como si el aire se hiciera más denso. No era necesario hablar, solo sentir. Y ese sentimiento, esa electricidad que recorría mi cuerpo, era más que suficiente para mantener el fuego encendido. Mi cuerpo se movía con una calma que no me pertenecía, pero que disfrutaba. Sabía que cada paso que daba, cada gesto que hacía, dejaba una pequeña huella en la memoria. Una huella que no se borraría fácilmente, un susurro que seguía sonando aún cuando ya no estaba allí.

 

 

 

La luz de la tarde se colaba por la ventana, filtrándose en haces dorados que iluminaban el rincón donde me encontraba. Me acomodé en el sofá, sintiendo cómo el terciopelo suave se pegaba a mi piel, casi como un susurro. Tomé una copa de vino y di un sorbo, el líquido rojo y espeso se deslizaba por mi garganta, dejándome un rastro cálido y profundo. El sabor me embriagaba lentamente, como si no hubiera prisa. Mis dedos jugueteaban con la copa mientras mi mente vagaba hacia pensamientos que, por alguna razón, no me molestaban en este momento. ¿Por qué preocuparme de lo que no puedo controlar? Quizás no lo sabías, pero me gustaba perderme en esos pequeños momentos de indulgencia, donde todo lo que importaba era yo. Me incliné hacia atrás y cerré los ojos un momento, disfrutando de la quietud. Pero no era una quietud completa, era un tipo de calma inquietante, como si cada rincón de la habitación estuviera esperando algo. O, mejor dicho, esperando a alguien. Porque, aunque nadie estuviera presente, había algo en el aire, algo sutil pero perceptible, que me hacía sonreír con una mezcla de complicidad y misterio. El sol comenzaba a esconderse, dejando que la penumbra jugara con las sombras en las paredes. No me moví. No había necesidad. Mis pensamientos se enredaban, se desplegaban, se aceleraban… de alguna forma, era como si cada acción tuviera un eco en mi cuerpo, cada suspiro provocara un pequeño estremecimiento que recorría mi espina dorsal. Un juego, un baile invisible que me incitaba a continuar, a quedarme, a disfrutarlo. Y en ese momento, supe que había algo en el aire, una promesa tácita que flotaba entre cada respiro. Era el momento perfecto para dejar que las cosas siguieran su curso, como un juego sin reglas, donde la única constante era el deseo de seguir jugando.

 

 

El Encuentro Inesperado Estaba en la biblioteca, rodeada de silencio y estanterías que parecían interminables. El aire fresco de la tarde se colaba por las ventanas, creando un contraste perfecto con el calor que sentía en el pecho. Me había sumergido en las páginas de un libro, pero mi mente, como siempre, no podía quedarse quieta. Mis dedos pasaban las hojas sin realmente leer, perdidos en pensamientos que no eran precisamente sobre literatura. Fue entonces cuando escuché ese leve crujido. Un sonido tan sutil que solo alguien atento, como yo, lo podría captar. Unos pasos que se acercaban, una respiración tranquila que me alcanzaba como una caricia en el aire. ¿Quién estaría tan cerca de mí? Nadie se atrevía a romper la paz de este lugar tan... solemne. Mi corazón comenzó a latir más rápido. No podía evitarlo. Mi cuerpo se tensó, como si todo lo que había sucedido hasta ahora hubiera sido una preparación para ese momento, para ese susurro de peligro que me hacía sonreír por dentro. Cerré el libro lentamente, como si estuviera saboreando el instante. No me giré inmediatamente, dejé que esa presencia se fuera acercando poco a poco. Podía sentirlo, como una corriente eléctrica que recorría el espacio entre nosotros. Cuando finalmente decidí mirar, el aire se cargó de algo que no sabía si era curiosidad o una anticipación un poco más atrevida. Me encontré con sus ojos, y algo en mí se encendió. No había palabras, pero no eran necesarias. Solo una mirada, una conexión de esas que te dejan sin aliento. La electricidad se sentía real, palpable, como si ambos estuviéramos completamente conscientes de lo que podía ocurrir. No era un lugar para este tipo de encuentros, pero me gustaba la idea de que, en ese preciso momento, lo inesperado se sentía como lo más natural del mundo. Pude notar su sonrisa apenas, una sonrisa que no decía nada, pero lo decía todo. Me levanté con calma, sin apresurarme, dejando que mi cuerpo hablara más que mis palabras. Caminé hacia la mesa de consulta, pero no podía dejar de sentir sus ojos sobre mí, como si me desnudara con solo mirarme. No me importaba. La sensación era embriagante. A veces, el deseo no se busca. Se encuentra, y se deja sentir con una intensidad que solo unos pocos afortunados pueden experimentar. Yo era uno de esos afortunados, y, por esa noche, la biblioteca era nuestro pequeño refugio, un lugar donde los silencios se llenaban de promesas.

 

 

 

 

Desde el momento en que decidí salir esa noche, algo en el aire me decía que las cosas no serían como las demás. La ciudad, siempre tan vibrante, parecía tener un susurro especial, como si me estuviera llamando. Cada paso que daba sobre el pavimento resonaba con una promesa de lo que estaba por venir. No llevaba una prenda que no me hiciera sentir poderosa, mi vestido rojo ceñido al cuerpo, el color perfectamente elegido para llamar la atención sin esfuerzo. Los tacones, altos, casi peligrosos, me elevaban, y mi reflejo en los escaparates me devolvía una imagen de seguridad que se sentía tan extraña y tan natural al mismo tiempo. Cuando llegué, el ambiente estaba cargado de esa mezcla de expectación y misterio que solo puede tener un lugar como ese. Podía sentirlo, la mirada de todos sobre mí, aunque no me molestaba, al contrario, me gustaba. No era la primera vez que me sentía así, pero esa noche… esa noche lo disfrutaba con más intensidad. Caminé hacia la barra, mis caderas moviéndose de una forma deliberadamente lenta, casi invitante. No necesitaba palabras, solo mi presencia. Los murmullos a mi alrededor se desvanecían, ya no importaba qué decían, solo importaba lo que sentía. Mi mirada recorrió la habitación, no buscaba nada, pero algo me hizo detenerme. Y entonces lo vi. Una chispa, una conexión instantánea que se sintió como un desafío sin palabras. Tomé mi bebida con una sonrisa juguetona, sabiendo que cada movimiento era una invitación, aunque no la decía en voz alta. Me giré y lo observé desde la distancia, sabiendo que estaba completamente consciente de mi presencia. No necesitaba correr hacia él, sabía que tarde o temprano, se acercaría. Las horas pasaron y mi juego de miradas fue suficiente para mantener la tensión. No necesitaba ser obvia, no necesitaba hacer más de lo que ya hacía. Estaba disfrutando del control, del magnetismo entre ambos, invisible pero palpable. Finalmente, llegó el momento, la temperatura de la habitación pareció subir, y lo supe: este era mi momento. Nos cruzamos en el centro del lugar y sin más, nuestra mirada lo dijo todo. La sonrisa de ambos fue la única respuesta que necesitábamos.

 

 

Cierro los ojos un momento, dejando que el silencio me envuelva. Siento cómo mi respiración se vuelve más lenta, como si mi cuerpo se sincronizara con el murmullo lejano de la ciudad. Es una noche cálida, y la brisa acaricia mi piel, como un susurro que me invita a hacer algo más, a dejarme llevar por lo que está por suceder. Me acerco al espejo, contemplando mi reflejo con una sonrisa ligera. Los bordes de mi vestido se deslizan suavemente por mi piel, marcando cada curva, cada contorno que, de alguna manera, parece conocerse mejor que yo misma. La tela se ajusta justo donde lo necesito, y es imposible no notar la forma en que me abraza, como si la noche misma quisiera tenerme entre sus brazos. La luz tenue de la habitación crea sombras suaves, que parecen jugar a esconder lo que más deseo mostrar. Y en ese juego, en esa danza entre lo oculto y lo visible, encuentro una sensación de poder que nunca dejo de explorar. Todo parece ir a su propio ritmo, pero yo soy quien marca el paso. Cada movimiento mío es deliberado, sensual, una promesa que aún no he hecho, pero que se siente inevitable. El aire se vuelve más denso, y es como si el mundo se hubiera reducido a este momento, a este instante único. Un pequeño gesto, una mirada en el espejo, me recuerda lo que es capaz de hacer la anticipación, lo que se esconde entre las sombras y lo que está por salir a la luz. Estoy lista para seguir este camino, con una seguridad tranquila que nunca me había acompañado antes.

 

 

El aire en la habitación es suave, como si todo estuviera ralentizado, y la luz tenue de la tarde entra por la ventana, acariciando cada rincón. Me recuesto en el sillón, observando cómo se dibujan las sombras sobre la piel. El día parece haber estado esperando este momento, en el que todo se calma, en el que los sentidos se despiertan y la mente se deja llevar por la suave corriente de la quietud. El perfume en el aire es un pequeño lujo que me doy, un toque personal que resalta en la intimidad del instante. No hace falta mucho, a veces solo un gesto, una mirada que sabe lo que busca. La ropa se vuelve innecesaria, no por deseo, sino porque el cuerpo pide libertad, espacio para sentirse. Las sensaciones empiezan a multiplicarse. Un roce ligero en la piel, la calidez del sol sobre mis hombros, la suavidad de la tela que se desliza lentamente. Todo parece más cercano ahora. Todo lo que me rodea está lleno de posibilidades, y sin decir una palabra, el ambiente cambia. Hay algo en el aire, algo que despierta la sonrisa juguetona que se dibuja en mis labios, como si estuviera jugando conmigo misma, con mis propios pensamientos, mis deseos callados. Mi reflejo en el espejo me habla en silencio. Sé lo que veo, sé lo que quiero ver, y cómo me encuentro, aquí y ahora, en este momento que es solo mío. La noche está por llegar, pero no me apuro, porque me gusta disfrutar del trayecto, del roce entre lo que quiero y lo que puedo tener.

 

 

La noche tenía algo distinto, como si el aire estuviera cargado de algo más que solo el suave murmullo de la música. Las luces tenues creaban sombras que jugaban entre sí, y el ambiente estaba impregnado de una calma que me invitaba a dejarme llevar. Fue entonces cuando nuestras miradas se cruzaron, fugaz al principio, pero luego permanecieron, como si no pudiera escapar de ellas, ni quería. Hubo algo en esa mirada que lo dijo todo sin necesidad de palabras. El espacio entre nosotros parecía desaparecer lentamente, como si el tiempo mismo se tomara un descanso. Cada movimiento era más cercano, más inevitable, pero todo sucedía a su propio ritmo, sin prisa. Me sentí como si estuviera en un lugar donde las reglas ya no importaban, donde el momento era lo único real. Cuando sonrió, esa sonrisa tan ligera, tan natural, sentí que la distancia se volvía aún más corta. No había promesas explícitas, ni expectativas claras, pero algo en el aire me decía que ambos sabíamos exactamente lo que pasaba. Y no había necesidad de hablar, porque a veces, el silencio entre dos personas lo dice todo.

 

Te miro, y me doy cuenta de que cada pequeño gesto tuyo me tiene completamente cautivada. El roce de tus labios al beber, la forma en que me miras sin decir nada, pero con esa sonrisa que invita a más. Me acerco un poco, sintiendo la cercanía, y sin pensarlo, susurro: "No puedo dejar de mirarte." Tu respuesta llega como un desafío suave: "Tal vez porque yo tampoco quiero que lo hagas." El aire entre nosotros se vuelve denso, cargado de promesas no dichas, pero perfectamente entendidas.

 

 

No sé en qué momento empezó, pero había algo en el aire... esa tensión invisible que se siente cuando el deseo no necesita palabras, cuando las miradas hablan por sí solas y el silencio pesa más que cualquier sonido. Me recosté, jugando con el borde de mi copa, sintiendo cómo el frío del cristal contrastaba con el calor que comenzaba a subir por mi piel. No hacía falta más que un gesto, uno sutil. Una sonrisa torcida, una pausa innecesaria en una frase, un roce que bien pudo ser casual… o no. Me divertía ese juego, esa danza sin reglas donde cada movimiento era una provocación. Me incliné apenas, lo justo para acortar la distancia. Había algo delicioso en ese espacio entre el atrevimiento y la espera. Cada segundo se sentía más lento, más denso, como si el tiempo también quisiera disfrutar del momento. No necesitaba decir nada. Solo mirarte y dejar que mi intención se filtrara en cada gesto. La forma en que pasaba los dedos por mi cuello, la risa baja que dejaba escapar entre sorbos. Estaba jugando, lo sabías, y aún así caías más profundo en ese ritmo que yo marcaba sin esfuerzo. No tenía prisa. Lo mejor siempre es saborear, provocar, despertar. Y créeme... apenas estamos empezando.

 

 

"Entre sombras" Me encanta cuando la noche me abraza en silencio, cuando todo queda quieto y soy solo yo, piel contra piel, pensamiento contra deseo. No hay voces, no hay relojes. Solo el sonido de mi respiración, pausada... profunda… cargada. Me dejo caer sobre la oscuridad como si fuera agua tibia. Mis dedos se deslizan por mi cuello, bajando con la lentitud de quien conoce cada rincón, cada punto exacto donde el pulso acelera sin permiso. A veces cierro los ojos y me imagino observada, no desde la mirada... sino desde el deseo. Ese que no necesita palabras. Ese que se siente. Hay una electricidad suave en el ambiente, como si cada centímetro de mi piel esperara una orden, un roce, una intención. Me muevo, apenas, lo justo para hacerme sentir. Me exploro, sin apuro, como si fuera una historia que vale la pena leer despacio. No hay nadie más. Pero me siento mirada. Y no me importa. Me gusta. Tal vez no estás aquí, pero si estás leyendo esto... ya sabes cómo me siento. Y quizás, solo quizás, eso es exactamente lo que quería. 

 

 

Hay días en los que todo me provoca... una palabra, una melodía, incluso el roce del viento sobre la piel. No sé si es culpa del clima, de la imaginación o simplemente de mí, que tengo una mente algo traviesa cuando quiere. Estaba sola, sin prisas, y me di ese pequeño lujo que a veces uno se niega: tiempo para mí. Cerré los ojos y me dejé caer sobre las sábanas con una sonrisa que ya decía demasiado. No era nada urgente, ni tampoco planeado. Solo... ganas. De sentir. De jugar un poco. De ver hasta dónde podía provocarme sin reírme de mí misma en el intento. Mis dedos empezaron a pasearse sin timidez, pero sin apuro. A veces rozando apenas, otras quedándose más tiempo, como si estuvieran tanteando terreno, midiendo respuestas. Y yo me dejaba. Porque, ¿quién mejor que yo para saber lo que me enciende y lo que me calma? No buscaba nada grandioso, ni final épico. Solo el placer de estar conmigo, de escuchar mis propias reacciones, de conocerme un poquito más. Fue suave, tranquilo… casi como una conversación en voz baja con mi cuerpo. Cuando terminé, no hubo fuegos artificiales. Solo una risa bajita, cómplice. Me quedé ahí, relajada, con esa sensación dulce de quien ha tenido una cita consigo misma… y la ha pasado bastante bien.

 

 

Hay una quietud deliciosa en algunos instantes, como si el mundo se detuviera a propósito para darme espacio. Me gusta cuando pasa. Cuando no hay voces, ni relojes, solo el eco suave de mi respiración acompañando el momento. A veces me dejo llevar por esa calma. No hago nada en particular… solo me escucho. Siento cómo mi cuerpo se acomoda, cómo la piel se vuelve más presente, más consciente. Es curioso cómo algo tan simple como el roce de una tela o la forma en que la luz cae sobre mí puede despertar sensaciones que no piden permiso. No se trata de buscar nada. Es más bien encontrarme. En lo pequeño. En lo leve. En la forma en que mis pensamientos divagan y se pierden en detalles que no siempre noto: la curva de mis manos, la tibieza de mi aliento, el ritmo lento que se instala sin apuro. Me permito ese momento. No por capricho, sino por necesidad. Porque hay una dulzura secreta en estar conmigo, en habitarme sin interrupciones. Como si, por un instante, pudiera recordarme que soy suficiente para sentir, para imaginar, para vibrar… sin más compañía que la mía.

 

 

La luz tenue se cuela entre las rendijas, dibujando sombras suaves sobre mi piel. El aire está cargado de una calma espesa, como si todo esperara a que yo diera el primer paso. Mis dedos juegan con el borde de la tela que roza mi cintura, lenta, casi con pereza, como si cada centímetro mereciera su momento. Me deslizo por la habitación, sabiendo que cada movimiento tiene un ritmo, una cadencia que no necesita apuro. Hay algo delicioso en esa lentitud, en ese susurro del silencio que acaricia mis sentidos. La textura bajo mis pies, el roce del aire en mi cuello… todo conspira para recordarme que el deseo empieza por mí. Me miro en el espejo. Me sostengo la mirada. Me gusta cómo me veo cuando no estoy apurada, cuando simplemente me pertenezco. La forma en que arqueo la espalda, cómo se curvan mis labios sin una sola palabra. Juego con mi reflejo. Me muestro, me escondo, me invito a mirar más. Me dejo llevar por el instante, por la sensación que crece despacio, como una llama que sabe muy bien cómo arder sin quemar. Todo está en su lugar. La piel, el pulso, el deseo. Y en medio de esa danza lenta, me descubro irresistible.

 

 

“Susurros” Desde el otro lado del salón, sentí su mirada antes de verla. Era de esas que no buscan permiso, solo presencia. Me hice la distraída, jugueteando con el borde de mi copa, como si no notara que me observaba… pero cada gesto mío era para él. Me levanté con calma, dejando que mis pasos hablaran más que mis palabras. Pasé cerca, muy cerca, sin tocarlo… pero suficiente para que el aire entre nosotros se volviera electricidad. —¿Nos conocemos? —me preguntó, con esa voz grave que quiere parecer casual. Le sonreí apenas, inclinando la cabeza. —Todavía no —respondí, dejando que mis ojos dijeran lo que mis labios no iban a decir tan rápido. Él pensó que me seguía, pero fui yo quien marcó el ritmo desde el principio. Porque cuando sé lo que quiero… no necesito decirlo todo para conseguirlo. 

 

 

 

 

 

"Despertar lento" El roce de las sábanas contra mi piel fue lo primero que sentí. Esa textura suave, aún tibia por el calor del sueño, se deslizó apenas sobre mi espalda mientras me estiraba, despacio, como si mi cuerpo supiera que no había prisa. Mis dedos se deslizaron por mi vientre, casi por accidente, como si no supieran muy bien a dónde iban… pero disfrutaban el camino. El sol se colaba entre las rendijas de la persiana, lanzando rayos perezosos que jugaban con las sombras sobre mi piel. Me encantaba ese momento: ese segundo exacto en el que aún no era del todo día, pero tampoco noche… donde todo se sentía posible. Me mordí el labio, apenas, saboreando el sabor del silencio. Dejé que mis manos exploraran con curiosidad traviesa, sin ningún mapa, sin ninguna prisa. Había algo delicioso en no tener testigos, en ser mi propio secreto. En provocarme. Y sí… me gusta provocarme.

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