Hola soy rose, me encantan los vinos, las cenas romanticas y el poder compartir charlas con alguien, la cultura es una de mis mayores pasiones, el descubrir el mundo con solo un libro o una pelicula me hacen sentirme fascinada con el, el romance es algo que siempre he tenido en mi y quiero poder compartirlo contigo
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Soy Rose, soy muy enamoradiza, me encantan las cenas románticas, el poder tener un momento juntos con vino velas y un rato romántico disfrutando juntos, me encantan los viajes a lugares con mucha naturaleza, amo el vino, el dulce en especial el chocolate, amor poder descubrir nuevas historias, cada persona tiene una gran historia de amor que contar y espero poder estar ahí para escucharla, me caracterizo por escuchar y hablar mucho, me encanta ser una romántica quiero que seas parte de eso
Habían pasado años desde la última vez que lo viste. A veces pensabas que el tiempo iba a borrar su nombre, o al menos la forma en que te latía el pecho cuando lo recordabas… pero no. Bastó un solo mensaje preguntando si estarías en la ciudad para que todo regresara: la ansiedad, la ilusión, esa mezcla dulce y dolorosa de lo que nunca pudo ser. El reencuentro fue en un café pequeño, de esos que parecen suspendidos en el tiempo. Cuando abriste la puerta, lo viste antes de que él te viera a ti. Seguía teniendo la misma manera de inclinarse hacia adelante cuando pensaba, los mismos gestos suaves con las manos. Y cuando levantó la mirada, cuando sus ojos chocaron con los tuyos, fue como si todo el ruido alrededor se disolviera. —No puedo creer que estés aquí —dijo él, poniéndose de pie. Su voz tenía esa calidez que siempre te desarmó. Se acercó y te abrazó, dudando un segundo, como si pidiera permiso sin palabras. Tú te hundiste en su pecho un instante más largo del que correspondía entre viejos amigos. Él también. Hablaron durante horas. De lo que habían vivido, de lo que habían perdido, de lo que cada uno había callado. Y entre una historia y otra, surgían esos silencios densos, casi eléctricos, donde ninguno de los dos apartaba la mirada. Cuando salieron, la tarde estaba tibia y el sol caía lento. Él te acompañó hasta tu auto, aunque no hacía falta. —Siempre pensé en lo que hubiera pasado si la distancia no nos hubiera ganado —confesó él, con una sonrisa triste. Tú respiraste hondo, intentando ordenar lo que temblaba adentro. —A veces también lo pienso —dijiste, bajando la mirada. Él dio un paso más cerca. No te tocó, pero lo sentiste. La cercanía, la intención, la nostalgia convertida en algo más intenso. —No sé qué va a pasar ahora —murmuró—, pero… me alegra tenerte frente a mí otra vez. Su mano rozó la tuya apenas, una caricia mínima, como quien prueba si el mundo permite todavía un segundo intento. Y en ese contacto breve, lleno de algo que no se nombra pero sí se siente, supiste que el reencuentro apenas comenzaba.
El aire cambió en cuanto él pronunció tu nombre. No fue un simple saludo: fue una descarga, como si la espera de años se condensara en un segundo perfecto y peligroso. Sentiste el corazón acelerarse, casi con rabia, como si quisiera reclamar todo lo que no vivió. Él se acercó sin prisa, observándote como quien reconoce algo valioso que creyó perdido. —Sigues igual… —susurró, y esa frase, tan simple, te recorrió la piel como un roce. El abrazo esta vez no fue tímido. Te rodeó con fuerza, presionándote contra él, y en ese instante toda la distancia, los años, las dudas… desaparecieron. No querías soltarlo. Él tampoco. En el café, apenas prestaron atención a lo que pedían. La conversación avanzó atropellada entre risas, confesiones y silencios llenos de electricidad. Pero lo que te atrapaba no eran las palabras: era la forma en que él te miraba, sostenida, directa, como si buscara todas las respuestas en tu rostro. Cada vez que se inclinaba para hablarte más cerca, su perfume te envolvía y sentías el impulso —ese impulso que siempre reprimiste— de acercarte solo un poco más. Una vez, su mano tocó la tuya por accidente. No retiró la mano. Tú tampoco. Al salir, la luz del atardecer caía sobre sus rasgos, dándole un aire cálido, casi demasiado perfecto. Caminó a tu lado sin decir nada, pero los dos sabían que algo había cambiado. Cuando llegaron a tu auto, él se detuvo a centímetros de ti. Te miró con una intensidad que te obligó a contener el aliento. —No sabes cuántas veces imaginé este momento… —dijo con una voz baja, cargada de algo más que nostalgia. Su mano subió lentamente hasta tu rostro, rozando apenas tu mejilla con los dedos. Un toque suave, pero tan consciente que te estremeció. —Siempre pensé que, si te volvía a ver… —continuó— no iba a dejar que se nos escapara otra vez. Lo miraste, y en sus ojos había deseo contenido, una mezcla de urgencia y miedo a cruzar una línea que los dos querían cruzar. Te acercaste un poco más, apenas un suspiro de distancia entre ustedes. Él inclinó la frente contra la tuya, respirando tu aliento, sin tocar tus labios pero peligrosamente cerca. —Dime que también lo sentiste —murmuró—. Dime que no fui solo yo. Y su cercanía, su voz temblando contra tu piel, su mano aún en tu rostro… hicieron que todo lo que llevabas años guardando empezara a desbordarse. No lo besaste. Él tampoco. Pero el momento tenía la misma intensidad que un beso no dado. Un segundo que prometía que nada volvería a ser igual.
El silencio entre ustedes vibraba. No era incómodo; era ese tipo de silencio que lo dice todo antes de que las palabras se atrevan. Sentías su respiración contra tus labios, cálida, pausada, como si él mismo estuviera conteniéndose para no dar el paso que ambos pensaban. Tu corazón latía tan fuerte que te preguntaste si él podía oírlo. Él bajó la mano de tu mejilla muy despacio, como si no quisiera romper el contacto del todo. Sus dedos se deslizaron hasta tu cuello, apenas rozándote, y ese leve contacto te recorrió la columna hasta hacerte cerrar los ojos por un instante. —No sabes cuántas veces imaginé acercarme así… —murmuró, con la voz más baja que antes, tanto que parecía que solo tu piel la escuchaba. Lo miraste. Sus ojos estaban fijos en los tuyos, y había en ellos una mezcla de ternura y deseo contenido tan intensa que te dejó sin palabras. Apenas te sostenías. Él respiró hondo, como si reuniera coraje. —No quiero que esto vuelva a quedarse solo en “lo que pudo ser”. No otra vez. Dime que sientes esta… —sus dedos presionaron suavemente tu cuello, justo donde tu pulso temblaba— …esta electricidad. Una oleada de calor te atravesó. No podías mentir. —La siento —susurraste. La expresión de él cambió: se suavizó, pero al mismo tiempo se volvió más decidida. Se acercó otro mínimo centímetro, apenas perceptible, pero suficiente para que tu pecho rozara levemente el suyo. El contacto fue ligero, pero llenó el momento de una intensidad casi insoportable. —Entonces… —sus labios rozaron tu mejilla al hablar, sin llegar a besarla, un roce lento, casi estudiado, que te robó el aliento— …déjame quedarme un rato más contigo. Tu respuesta salió sin pensarlo: —Quédate. Él sonrió, una sonrisa mezclada con alivio y con una emoción profunda que te derritió el estómago. Su frente volvió a apoyarse en la tuya, esta vez con más firmeza, como si necesitara sentirte completamente cerca. —No quiero apresurarnos —dijo, acariciando el borde de tu mandíbula con el pulgar, un movimiento suave y consciente—. Quiero… saborearlo. Cada segundo de esto. Y en ese instante supiste que el reencuentro no era un accidente. Era una chispa encendida nuevamente, una oportunidad que esta vez ninguno pensaba dejar escapar.
Él respiró hondo, todavía tan cerca que sentías cómo su pecho subía y bajaba contra el tuyo. —¿Quieres caminar un poco? —preguntó, pero su voz tenía un tono que decía mucho más que eso. Asentiste. Caminaron sin prisa, siguiendo una calle tranquila donde las luces cálidas de los faroles parecían envolverlos en un pequeño mundo aparte. No había ruido, no había gente, solo ustedes dos, como si la ciudad entera hubiera hecho una pausa para darles espacio. Mientras avanzaban, él tomó tu mano. No lo hizo de golpe; la rozó primero, como probando si todavía querías ese contacto, y luego entrelazó sus dedos con los tuyos. Ese gesto simple te estremeció más que cualquier frase. —Siempre quise agarrarte la mano así —confesó él—. Pero antes… siempre estábamos a punto, siempre quedábamos a medias. Lo miraste, sintiendo una mezcla dulce de nostalgia y deseo de recuperar el tiempo perdido. —Yo también —admitiste. Él se detuvo bajo un farol. La luz caía sobre ustedes como un círculo cálido y silencioso. Te acercó a él con un gesto lento, decidido, y sus manos quedaron en tu cintura, como si por fin se permitiera tocarte sin miedo. Tú apoyaste las tuyas sobre su pecho. Sentiste los latidos. Él sintió los tuyos. —No sé qué va a pasar después —dijo en voz baja—. Pero quiero algo real. Contigo. Quiero intentarlo… sin distancia, sin excusas. La sinceridad en su mirada te desarmó por completo. Ya no había tensión contenida ni dudas, solo esa claridad que llega cuando el corazón deja de esconderse. —Yo también —susurraste—. Ya no quiero quedarme con las ganas. Él cerró los ojos un segundo, como si tus palabras lo golpearan directamente en el alma. Cuando los abrió, se inclinó hacia ti, muy despacio, como si te diera tiempo por si querías apartarte. No lo hiciste. Sus manos subieron suavemente por tu espalda, acercándote más. Y cuando sus labios finalmente rozaron los tuyos, no fue un impulso desesperado. Fue un beso lento, profundo, lleno de todos los años que no se vivieron, de todas las palabras que no se dijeron, de toda la intensidad que estuvieron guardando desde que se separaron. Te sostuvo con ternura, como si al fin te tuviera donde siempre quiso. El mundo desapareció. Solo quedaban tus manos aferradas a él, su respiración mezclándose con la tuya, y esa sensación luminosa y abrumadora de que el tiempo por fin se rendía a ustedes. Cuando se separaron, él apoyó su frente en tu hombro y rió suavemente, con esa risa temblorosa que solo aparece cuando algo bueno, algo realmente bueno, está pasando de verdad. —Esta vez —dijo, besando tu sien— no pienso soltarte. Y bajo la luz cálida del farol, con su mano firme entrelazada en la tuya, supiste que el reencuentro no era un final… sino el comienzo que siempre habían esperado.

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