Soy una chica alegre que le gusta mucho tener experiencias nuevas todos los dias, me considero apasionada y me gustan mucho los animales y viajar, conocer nuevos paises y culturas es mi mayor hobbie. Tengo un lado travieso que si logras descubrirlo quedaras hechizado con mis sexies curvas y movimientos encantadores
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Mis pies descalzos presionaron el musgo, y su frescura fue un shock delicioso contra la planta. Yo estaba en el borde, pero el corazón me latía por adentrarme en esta espesura que olía a tierra mojada y a misterio. El sol era un amante descarado que se colaba por las hojas, pintando mi piel de un dorado febril. Mi vestido de lino, empapado por el rocío, era ahora una extensión sensual de mí misma. Se ciñó sin pudor a la curva de mis caderas y subió para delinear la forma tensa de mis muslos mientras avanzaba. Cada paso era un suspiro contenido, y podía sentir la tela húmeda acariciando mi intimidad. Me detuve ante un tronco gigantesco. Puse mis manos sobre la corteza rugosa y áspera. La sensación era tan primaria que cerré los ojos, inclinando mi cuello hacia atrás. El aire silvestre me erizó la piel. Sentir el sol caliente en mi garganta, el frío de la tela en mi vientre, la textura del bosque bajo mis manos... todo era una invitación a sentirme viva y expuesta. Estoy aquí, pensaba, completamente desnuda de intenciones, y esta libertad me hace sentir terriblemente deseable. Quiero perderme y ser encontrada, solo por el viento y la luz.
Me acerqué al espejo, dejando que la luz suave de la habitación me envolviera. La música que había puesto sonaba a un volumen bajo, solo un murmullo que acompañaba el ritmo creciente de mi respiración. Me quedé quieta un instante, observándome. El conjunto era simple, casi escandaloso: un top de seda rojo, diminuto, que apenas cubría mis pechos, y una panty roja a juego que se hundía tentadoramente en el pliegue de mis caderas. El espejo no mentía: el color era vibrante, un grito de pasión contra la palidez de mi piel. Pasé la punta de mi lengua sobre mis labios y mis ojos se enfocaron en el reflejo. No buscaba un error, ni un juicio; buscaba el goce, la exploración de ese cuerpo que es mío y solo mío. Mis dedos se movieron primero, lentos, casi con timidez, hacia la tela del top. Acaricié el suave borde, justo debajo de la curva inferior de mi pecho, siguiendo el arco ascendente de mis costillas. Podía sentir el latido constante de mi corazón justo debajo, una batería impaciente. Luego, con un movimiento que no dudó, desplacé el top ligeramente hacia arriba, dejando que el borde inferior de mis senos se asomara, rosado y sensible. Los pezones reaccionaron al aire fresco y a la tensión de la seda, poniéndose duros como pequeñas guindas. Eran un foco, un imán. Los observé en el espejo, maravillada por la forma en que mi cuerpo respondía a mi propia atención. Cerré los ojos por un segundo y respiré profundamente, dejando que una oleada de calor se extendiera por mi vientre. Al abrirlos, mis manos ya se habían posicionado sobre mi vientre bajo. Los dedos se deslizaron sobre la piel desnuda entre la orilla del top y el encaje de la panty, una zona de suavidad y promesa. Presioné suavemente, masajeando esa curva delicada, sintiendo el vacío hambriento justo debajo de mi ombligo. Era un punto de energía, y el rojo vibrante de la ropa interior intensificaba la sensación de peligro y dulce anticipación. Incliné un poco la cabeza, fascinada por mi reflejo. Mis ojos estaban brillantes, oscuros, como si una fiebre muy dulce estuviera subiendo por dentro. Ahora, la panty. Mis dedos se deslizaron hacia el encaje de la cadera. El roce era exquisito. Seguí la línea de la tela, deteniéndome justo donde el elástico se clavaba en el pliegue de la ingle. Con cuidado, introduje un dedo por debajo del borde de la tela. No por la abertura de la pierna, sino por el costado, tocando la parte superior y sensible del monte de Venus. El contacto fue eléctrico. Un gemido apenas audible escapó de mis labios. La seda me había dado permiso, y ahora mi propia mano estaba tomando posesión. La sensación de la presión del encaje de la panty y la yema de mi dedo presionando por debajo era una tortura deliciosa, una tensión que se acumulaba sin remedio. Me acerqué más al espejo, mi aliento empañando ligeramente el cristal. Me centré en mis ojos, en esa mirada de dueña de mí misma. Mis manos siguieron explorando, apretando la parte superior de mi muslo, luego volviendo a mis pechos para sentir la firmeza y el latido. El rojo era una llama, y yo estaba ardiendo. Ese cuerpo era un jardín esperando ser explorado... por la única persona que conocía todos sus secretos.
La luz se colaba por las rendijas de las cortinas, tiñendo mi habitación de un gris perla que anunciaba la mañana sin urgencia. Abrí los ojos y me encontré sumergida en el fresco abrazo de mis sábanas de algodón blanco. El reloj digital marcaba las 6:15 a.m., una hora inusualmente temprana para mi cuerpo, que sin embargo, se sentía deliciosamente despierto. Había una calma profunda en la casa, esa quietud sagrada antes de que el mundo se pusiera en marcha. Me estiré perezosamente, y el roce de la tela contra mi piel desnuda (siempre duermo sin nada) envió un escalofrío que no era de frío. Me incorporé, apoyándome en un codo. La tela se arrugó suavemente bajo mi peso. La verdad es que sentía una energía inusual, una curiosidad latente que parecía haber despertado con el sol. Acaricié la parte interior de mi muslo con la palma, un gesto instintivo, y la suavidad de la piel me recordó lo que mi cuerpo pedía en este momento de total privacidad. Nadie me vería. Nadie me interrumpiría. La cama, mi santuario, las sábanas, mi cómplice silencioso. Deslicé mi mano hacia arriba, despacio, dejando que los dedos rocen el borde de mi pelvis. Sentía el ligero sudor de la noche y el pulso que comenzaba a acelerarse. Me recosté de nuevo, ahora boca arriba, y cerré los ojos. Todo se convirtió en tacto. Mi respiración se hizo más profunda. Con un último movimiento decidido, mi mano buscó el centro, esa zona tan sensible y mía. El primer contacto fue tímido, apenas un roce con la yema de mis dedos, pero fue suficiente para que un gemido apenas audible se escapara de mis labios. Me moví instintivamente, flexionando las rodillas, abriéndome solo para mí. Comencé a explorar, lenta y deliberadamente, sintiendo la tersura de mis pliegues y la humedad que ya empezaba a aparecer. El ritmo era cadencioso, exploratorio. Presión suave, círculos. Buscando, sabiendo dónde encontrar el interruptor de mi placer. Cuando mis dedos encontraron el pequeño y palpitante montículo, una oleada de calor me recorrió. Solté un suspiro largo. Era como si esa parte de mi cuerpo hubiera estado esperando este momento de atención exclusiva. Aumenté el ritmo, la sensación ahora era dulce y punzante. Me aferré a las sábanas con la mano libre, arrugando el fino algodón blanco, buscando apoyo en el lecho. Los músculos de mi abdomen se tensaron ligeramente. La imagen de mi cuerpo, libre y entregado, bajo la luz del amanecer, era poderosamente excitante. El mundo exterior se desdibujó. Solo existía el roce, el latido, la humedad y el calor que crecía. Me dejé llevar por la sensación, concentrándome solo en el placer que yo misma me estaba dando. Mis caderas se levantaron un poco de las sábanas, siguiendo el ritmo que mi mano marcaba. Cada caricia era una promesa cumplida. Y entonces, todo se intensificó. La respiración se detuvo por un instante, y una explosión de placer me sacudió. Un temblor delicioso recorrió mi cuerpo, y las sábanas blancas se sintieron más suaves que nunca. Solté el aire en un largo y tembloroso jadeo. Me quedé allí, inmóvil, sintiendo el eco de mi clímax. El pulso se ralentizaba, y la calma de la mañana regresó, más dulce y profunda que antes. Abrí los ojos. El sol ahora entraba con más fuerza, iluminando las arrugas en las sábanas blancas que guardaban mi secreto. Estaba sola, satisfecha, y lista para empezar el día. Había un brillo especial en el aire, el brillo de un placer que era enteramente mío.

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